10.4.11

demonio

Tengo un demonio prendido en el pelo, al lado de la oreja, me dice cosas al oído, cosas que no quiero pensar ni imaginar, porque imaginar con un demonio prendido en el pelo, no es bueno, se trata de una tormenta espeluznante, de esas que uno quisiera evitar y que una vez en ella no sabe cómo escapar, se trata de una tormenta del infierno donde los demonios se divierten con tus pelos e infiltrados por el oído estallan tu cerebro, no quiero decir que no haya escapatoria, sino que durante la tormenta el tiempo parece no pasar más, el tiempo es una materia tan pesada como un ancla, es como la gota que lentamente se hace gorda y tarda en caer, esperar es desesperar, es una tortura sobre todo cuando uno anda con un demonio colgado del pelo, la gente piensa qué triste la situación de ese muchacho que anda descalzo sobre el suelo que quema, como si de un infierno se tratara su vida, como si su vida fuera una larga siesta interminable, pertrechada por el fuego de esa tormenta de rayos, tormenta llena de demonios que se prenden a los pelos mientras susurran tortuosidades al oído, si supiera la gente se dice el muchacho que ando con un demonio prendido en el pelo y que no me lo puedo sacar, si supieran ellos cómo es andar con la mente hecha añicos, con la mente torturada y reducida a pedacitos, con la mente dominada por ese demonio, si supieran que el suelo quema y el cielo es oscuro como esa tormenta que siempre viene y nunca se va, si supieran que ya no recuerdo quién soy ni qué hago acá, si supieran que vivo mis días atormentado y sin paz, asestado permanentemente por ese demonio maldito que expele pus en mi cerebro desde la costra de mi cuero cabelludo, desde la inocente escalera descendente de mi alma, prendido al pelo, susurrando estruendos, desmigajándome la vida lentamente.