8.9.10

Abominación

Mis secretos me abominan. Son resabios sueltos de cosas que no pude terminar, errores que no pude salvar, deseos que no pude cumplir. Algo así como fragmentos de programación que se acumulan en los vectores de residuos informáticos de mi vida. Mis secretos son mis abominaciones. Miserias que terminan escondidas en algún recóndito escondite del alma, ocultas de la conciencia, para que en la vigilia nuestra imagen del mundo no resulte con un tamiz degradado. La mente lo hace de forma inmediata, no duda, simplemente elimina, envía todos esos espacios de oscuridad a un lugar olvidado. Lo hace por sana hipocresía, indolencia y hasta enajenación. Lo hace porque encuentra en esta vida un dejo de injusticia desesperante, de asco imposible. Mis secretos son artilugios de mi mente. Pero es cierto que mi corazón no sabe, no encuentra apego en el olvido e insiste, casi con una programación enfrentada, a remover las costras del pasado. Mis secretos no son secretos para mi corazón. Sin embargo, paradójicamente, mis secretos son los programas de seguridad que mi mente crea para alivianar el peso del corazón, para sopesar un daño que de antemano se sabe irreversible. Y aunque lucha constantemente por salir, aunque irremediablemente quieren liberar su verdad, la mente con orgullo los cohíbe y los limita a un lugar invisible. Mis secretos son la forma de mi autoprotección. Mis secretos son la forma solapada de una mentira reconocida. Mis secretos son la forma de un antihumanismo con justificación de humanidad. Mis secretos son la forma de una lucha cobarde contra la verdad y la sinceridad. Mis secretos, definitivamente, me abominan.