4.6.10

Razón / co - razón

Es confuso el pasar ante los numerosos testimonios arrojados por la conciencia en la habitación de la vida. No es sencillo decidirse. Un ejercicio de autoconciencia sería inútil en un momento así. Dicen que el tiempo, y sí, tal vez el tiempo. Deja pasar las cosas esperando una respuesta conciliadora ya no con la razón si no con el co-razón. Ninguna inteligencia puede estar tan asociada, sin embargo, traducirlas, hacerlas entender entre sí cuesta tanto como existir. Casi que de eso depende la sobrevivencia, o también, una buena vivencia sobre el mundo. Todo mezclado, separado, inconexo, aleatorio, así viene el mundo hacia nosotros, nuestra tarea es unirlo, integrarlo, darle sentido. Ésa increíble confusión puede ser motivo vital de superación y excusa de degradación, las dos cosas a la vez; así de raras son las cosas. Es impostergable entonces nuestra obligación de darles un atisbo de claridad, pero sin dejarse encandilar por la luz, así de difíciles son los objetivos. Dicen que el tiempo, el tiempo no deja nada en pie. Y si encima nosotros colaboramos, si nosotros no nos ponemos de acuerdo, alma - espíritu - razón - corazón separados, no habrá tiempo que podamos sobrellevar. Nuestro pasar será un triste momento, olvidadizo, efímero, carente de valor.

2.6.10

Enfrentamiento final

Este encuentro grafi-sonoro tiene sabor a nada. A veces me pregunto: ¿para qué tantas preguntas? Es suficiente lógico que la lógica no tenga todas las respuestas. Los enigmas florecen como reverdecen las plantas, tienen su tiempo. El escritor busca las palabras justas, justamente cuándo se ha quedado sin palabras, pues cada palabra de más podría ocasionar un desastre literario. Pero lo peor: el escritor es consciente de que el sentido de sus oraciones puede traspasar el papel y llegar allí adonde se alojaban indiferentes las referencias. Por tanto el desastre generado podría ser mayor. Pero se interroga igual, acto que no es más que interrogar a la vida misma. Entretanto, el cosmos medita en silencio sabiendo lo que va a pasar. "¿He de decir mi verdad más cruenta incluso  a costo de hacer estallar el dolor?", se pregunta el decidor. El cosmos sigue meditando en la espera, y el escritor, el poeta busca una respuesta en el aire. Mira al cielo sin cesar y sigue interrogándose. "El silencio también es una opción. A veces no hay nada más que decir", piensa. Elabora las palabras, arma las frases en su mente como si estuviera pronto a soltar la lengua, pero todavía no se decide. Nunca lo hace y acaso nunca lo hará. El poeta vive siempre en esa incomodidad, en el dilema de saber si sus versos serán tan relevantes como él espera que sean. Una tarea encomiable y agobiante, un encuentro grafi-sonoro que repetidamente tiene sabor a nada, pues recibe como postura la ingratitud, la desidia, el desprecio de quienes oyen la verdad del poeta, leen la verdad del escritor, sin saber que ello los enfrentaría con su propia humanidad, con el mundo, con el cosmos meditando siempre una respuesta, ésa que acaso nunca dirá.